Describir, representar o negarla, por Enrique Winter


 
La editorial Musa a las 9 publica ahora Teoría de los colores, de Mercedes Roffé, acompañado, por vez primera, de las pinturas con las que dialogan los poemas incluidos en La ópera fantasma; esta nueva edición agrega, además, una sección en torno a obras de Marianne von Werefkin, Alice Bailly y Olga Rozanova. Para celebrar su aparición, fui invitado a editar desde el sur este número de la revista Poemad dedicado a la écfrasis, y lo hice titulando cada una de las secciones como las del libro de Mercedes.
 
     La écfrasis es una representación verbal de una representación visual. Ésta es una definición moderna y consistente con la posibilidades actuales de reproducción de las imágenes, ampliando las definiciones clásicas que pensaban la écfrasis sólo en su aspecto descriptivo. Es el caso del escudo de Aquiles, por Homero, o del manto de Jasón, por Apolonio, y no fue poca la tentación de incluirlos junto a otros ejemplos de la antigüedad, como las Imágenes de Filóstrato que analiza Ana María Risco, pasando luego por la urna griega de Keats con el ensayo de Leo Spitzer, o en nuestra lengua ir de Juana Inés de la Cruz a los poemarios monográficos de Rafael Alberti y Diego Jesús Jiménez, por ejemplo. Pero esa historia está en los libros y me interesa más poner en cuestión hoy la posibilidad misma de la representación, como antes lo hicieran otros con el aspecto descriptivo de la écfrasis. Creo que el sometimiento a tensión de los materiales artísticos es la manera más fructífera de homenajearlos, de exponer su resistencia y durabilidad en lo sensible, sobre todo, tratándose de poemas que, sin excepción, he seleccionado a gusto.
 
     Los argumentos de Eduardo Milán abren así este número y la sección «Histoire d’oeil», estructurando la visión poética no sobre la imagen, como en la écfrasis, sino sobre la ausencia y la huella. Pero «mirado luego desde la imagen que proyecta, el poema se ve como una construcción desde la imagen», explica el uruguayo, dando pie a los lúcidos ensayos de la ya citada Ana María Risco y de Fernando Pérez Villalón sobre acaso los poetas más influyentes del último medio siglo en Chile: Enrique Lihn y Gonzalo Millán.
 
     «Los maestros del sueño», la segunda sección, viene de una segunda derivada de la écfrasis, porque la representación verbal remite a su vez a otra, la del idioma extranjero. Incluí aquí sólo un original por autor, privilegiando a «Los profetas» —poetas vivos en castellano—, pero me permití asomar sus posibilidades de réplica a la manera de los terremotos. La violación de Lucrecia es un poema que narra una especie de epifanía ecfrástica. La protagonista ve lo que antes la nublaba a través de una pintura y de la empatía que siente hacia los personajes en ella representados. El comentario de Javier Zoro complementa el fragmento de Shakespeare, el ineludible, traducido por Ramón García González. Y si de ineludibles se trata, Musée des Beaux Arts, donde W. H. Auden comenta La caída de Ícaro, de Brueghel el Viejo, es tal vez la écfrasis más citada del siglo pasado y creo que mi única concesión al canon, pero lo hice por las réplicas justamente: la fina traducción de José Emilio Pacheco y dos versiones libres que se cuentan entre los poemas memorables de Cristián Gómez Olivares. Los también compañeros de ruta Adalber Salas Hernández y Ezequiel Zaidenwerg presentan desde Nueva York sendas versiones de Charles Wright y Anne Carson que actualizan también los referentes pictóricos: Morandi y Seurat, respectivamente. El idioma portugués, tan cercano y olvidado por nosotros, sus vecinos, cierra el conjunto en un poema de Régis Bonvicino acerca de una obra de la también brasileña Regina Silveira. La traducción es de Rodolfo Mata. Presento en estos tres poetas activos y de distintas nacionalidades la persistencia del modo más tradicional de la écfrasis: la descripción, que nos acerca a una obra como si no pudiéramos verla de otro modo que pasada por la sensibilidad de sus espectadores cercanos.
 
     Suelo lamentar lo predecibles que me resultan las revistas literarias como medios de promoción de estéticas particulares o grupos de influencia, por buenas que sean sus intenciones, cuando es natural que los lectores de poesía repartamos nuestros gustos entre propuestas a menudo antagonistas. Por ello me preocupé de indagar el trabajo ecfrástico en poetas de distintos países, tradiciones y generaciones, además de presentarlo en tríadas que permitieran acceder a sus propias diferencias internas. Es un lujo contar así con poemas inéditos del cubano José Kozer, proliferantes e inestables. Desde la Península, Olvido García Valdés, en un libro construido con écfrasis, caza nocturna, y Miguel Casado, con una serie, «La sopa», también presentan una resistencia a la comprensión inmediata, fruto del despliegue sonoro, de una brusquedad sutil, diría, y la elipsis. Cuando se pone una cosa en relación a otra que creemos diferente, provocamos lo inesperado, y leer a la también novelista y ensayista uruguaya Cristina Peri Rossi luego de José Kozer, por ejemplo, hace destacar en él lo conversacional como lo musical en ella, aspectos menos señalados de sus respectivas poéticas, sobre todo, a la luz de reflexionar con tal profundidad un mismo punto: el de una obra ajena y visual, de origen. Como Kozer con Cézanne y Casado con Kandinsky, las muestras de los chilenos residentes en la región de Valparaíso, Jaime Pinos y Bruno Cuneo, son también monográficas. El primero opera a la par del fotógrafo Alexis Díaz en su recorrido por la metrópolis, mientras que el segundo atiende a Edward Hopper con equivalente administración de luz y melancolía. Para nadie es un misterio la manera en que se han ampliado desde la pintura y la escultura los soportes del arte visual y Soledad Fariña también emplea fotografías, una suya y otra de Claudio Bertoni. La tríada de Claudia Masin responde al cine y la de Maurizio Medo lleva la écfrasis más allá, a la música popular. El mayor deslumbramiento que tuve al compilar estos materiales es tal vez el más obvio: reconocer, fuera de los poemas basados en las pinturas de cualquiera de los autores incluidos —de Elvira Hernández, por dar un ejemplo de alguien que he leído por décadas—, la precisión pictórica y del trazo de cada imagen que siempre tuvieron. La muestra termina con dos poetas jóvenes, el ecuatoriano Juan José Rodinás y la española María M. Bautista, que presentan estrategias de escritura que siguen estimulando el derrumbe de las barreras de lo posible por vía del exceso o bien del silencio.
 
     A los poemas seleccionados de las seis mujeres y los seis hombres reunidos en «Los profetas» pudieron sumarse muchos otros. A vía de ejemplo, los de María Victoria Atencia, Elsa Cross, Fina García Marruz y Julia Uceda. Hay en Perú versiones de la pintura Los funerales de Atahualpa de parte de Antonio Cisneros y de Mario Montalbetti, nada menos. El mismo Montalbetti escribe sobre un óleo de Fernando de la Jara, mientras su compatriota Odi Gonzales publicó en quechua el poemario La escuela de Cusco sobre aquellos pintores y Rafael Espinosa escribió poemas de écfrasis imposibles como Las nubes permanecerán limpias. Entre los jóvenes de Chile, y sólo en los últimos meses, aparecieron los libros ecfrásticos Los grandes relatos, de Javier Bello; Playlist, de Ernesto González Barnert sobre las canciones de su vida; Yeguas del Kilimanjaro, de Rolando Martínez sobre películas pornográficas, e Hystera/Hystrión, de Fanny Campos Espinoza, que incluye varios poemas acerca de pinturas. Estoy seguro de que en cada uno de los países de Hispanoamérica un estudioso de la poesía encontrará sus propios ejemplos que excedan el alcance de esta muestra. Los encontrará en poetas recientes, como el mexicano Luis Eduardo García o el venezolano Adalber Salas, incluido aquí como traductor, experimentales o derechamente visuales como Guillermo Deisler, o en sus autores más reconocidos, como sucede con Sueños para Kurosawa, de Raúl Zurita. Asimismo, podrá hallar el mecanismo de la tachadura, que es, a mi juicio, el reverso de la écfrasis —bastante si pensamos que, en un sentido laxo, todo es écfrasis, todo poema remite a algo ajeno a sí que describe o representa, y si refiere sólo a sí mismo, desde afuera se le ve igualmente como imagen—, los textos tachados son la representación visual de una representación textual, por así decirlo, gracias al borroneo, a la negación de lo escrito. Nos recuerda de los significados nuevos que oculta lo dicho, otra metáfora antigua, como la de la escultura que ya estaba adentro de la piedra y sólo había que tallarla. Y otra más, la de la poesía viniendo a darle forma al vacío.
 
     «Breve introducción a la luz» es también una introducción a Teoría de los colores, de Mercedes Roffé, gracias a una entrevista realizada por Edwin M. Lamboy y centrada en la larga exploración de la autora con la écfrasis desde su debut apócrifo bajo el nombre de Ferdinand Oziel en El tapiz y las referencias al de Garcilaso, otra de las écfrasis más caras a nuestra lengua. Tenemos el honor de presentar aquí también un anticipo de los poemas e imágenes del libro.
 
     La revista termina con «Las hijas de Aracne», un breve agradecimiento de parte de las editoras permanentes de Poemad a Mercedes Roffé. Agradezco a todas el diálogo ofrecido y el trabajo de revisar y montar este número.
 
     Estimados lectores: pasen y siéntanse como en su casa, pero les advierto que está tomada.