Entrada, por Eduardo Milán


 
1. Esto no hay. Pero están todas las condiciones dadas para que haya. Sería inscribir el poema en el territorio de una ausencia. ¿O sería inscribir, hacerle un lugar, un hueco, a la ausencia en el territorio del poema? Se cree que el poema es lo que está escrito. El poema es lo que hay. La letra. Pero la letra no está compuesta sólo de lo que hay, ni el poema. Lo que no hay es fundamento del hay, «las condiciones dadas para que haya», al menos, dadas en un sentido latente. Un poema es un hecho de lenguaje dado. Pero es un hecho de imaginación dada y, al mismo tiempo, latente. El poema, al darse, no oculta su latencia original. No se pierde la nada cuando la creación aparece. La creación, suple, suplementa. Pero lo que suplemente sigue debajo. ¿Por qué hacer aparecer lo que está latente, debajo, en segundo lugar —lo que había como nada y propició, pasó a un segundo lugar—, después que ya está suplido, logrado el objeto? ¿Para que no haya olvido de donde se viene? No es lo mismo una metafísica del origen —o de la presencia— que una ética centrada en la tierra, en el topos precedente (y procedente) —lo que co-responde: el pago va contigo en «no te olvidés del pago si te vas pa la ciudad»—, en la cuna y en la clase social. «A mí con mis raíces»: no es sólo un topos ya metaforizado en relación al no haber, es, también, su de-construcción: el donde no hay, el lugar de donde, estando en el lugar que hay, la ciudad, uno vino. De manera que lo que no hay está con lo que hay. Bajo una imagen sombreada mientras no se la mira o se la ve, sombra en relación a la luz clara del objeto que se ve y domina la visibilidad. Lo que se intenta es imaginar lo que no hay proyectado desde lo que hay, recomponer el orden: restituir la ausencia. No a través del delirio o lo irreal: a partir de la huella que la ausencia deja inscrita. La imagen ya es la retención de la ausencia en cuanto forma. Pero la huella, lo que quedó retenido, soporta, como apoyatura, la construcción de la visión. De modo que la visión se estructura sobre una ausencia y sobre una huella. No, como se podría pensar en positivo, a través del objeto que se atraviesa para ver un más allá, un más allá que a través de la visión aparece, sin confirmación ni propósito en el objeto ni en la imagen que quedó como huella. Ni tiempo ni espacio: resto de ambos, huella que los memoriza pero que no los lleva inscritos. Sería un excedente, un más que el objeto libera y la imaginación retiene pero que, de-construida en su proceso de ser imagen-objeto-huella, la imaginación suelta. La visión no sería, entonces, el más allá objetual o imaginal sino todo el proceso.
 
     Un poema carga con su visión latente a cuestas. A veces se deja ver, a veces nada sugiere en el poema que esa visión está ahí. Dudo en decir que si nada sugiere la visión del poema el poema es fallido. El poema puede ser tan transparente que no libera partículas suficientes como para constituir sugerencias de visión, adherencias al ojo. Ocurre cuando lo coloquial domina el lenguaje. En un poema donde el lenguaje coloquial está suplantado por figuras anteriores de lenguaje —retóricas, no formadas por un proceso para llegar allí— el entramado lingüístico es una promesa de visión. Pero hay que entrar con machete o hacha en esa selva, hombre. Cortar más o menos grueso. A propósito de corte. El arte de cortar donde no se espera sugiere, por sintagma ofuscado, visión: algo sigue, lo mismo que se detuvo antes. Es probable que en un poema sufí se pueda tener la visión de una catedral de éter. Pero hay que saber construir esa imaginación. Me temo que el lenguaje del poema moderno no permite ese lenguaje armado con instrumentos de un tiempo paralelo, ese lenguaje mediado por la mística, ese lenguaje que, a modo de Dante, permite que en el medio aparezca la pantera. Cierto, no se esperaba la pantera. ¿Pero acaso se esperaba la selva?, ¿acaso se esperaba el lugar del medio camino, entre lo ya transcurrido (objeto) y lo que transcurrirá (imaginación)? Lo que resta del camino no es lo que quedó, la huella, sino lo no andado todavía. Un resto no huella sobre el cual construir, he ahí el deseo de camino. Lo que resta no es lo que quita sino lo que se puede construir. Es decir, pensar. Pero hay poemas donde el lenguaje no acusa deseo de ornamento ni de precariedad. La demasía para ser tirada —en el gesto de una siembra a mano inundada, de izquierda a derecha— no está: ella podría en su espesor hacer posible mucha visión. La precariedad, tan cerca de la ausencia a la que en el fondo alcanza sin esfuerzo, tiene casi la línea de la frontera. La línea de la frontera, hay que trazar lo que posibilita la frontera, visión, no visión, el límite, lo que obliga a un aparecer aparte.
 
     Aparecer aparte. De toda cercanía con los atributos de la ausencia, el objeto y la huella.
 
     Si en el desierto la arena, el calor, el viento, y una luz tan clara que no puede dar el agua —no el mar: el agua de la fuente, el manantial— ondulan delante de los ojos, en un poema la arena, el calor, el viento y esa luz no constituyen en sí mismos atributos posibilitadores de visión. La arena de un poema no es la arena, el calor de un poema no es el calor, el viento de un poema no es el viento y esa luz tan clara que no puede dar el agua —no el mar: el agua de la fuente, el manantial— ondulan delante de los ojos sin garantía de ser vistos más allá, luego, después, sino en esta reiteración, pisadas sobre el mismo rastro al modo de los rastreadores de blancos. Y en la ciudad llena de nombres propios y cosas con nombres y cosas con marca y Esteves —lejos de donde se impone el arte de la reiteración y se diría que a la redonda todo está retenido pero sin sensación de ausencia, las formas laten bajo el sol como todo crimen: ya se vio, la región del turbante— y Rodríguez que llega a la ciudad, se diría que eso cerca mi vista puede turbar mi pensamiento. No sé si enturbia la visión.
 
     2. Un poema proyecta una imagen desde su escritura que se sitúa fuera de su escritura. Es una imagen que se puede ver a través de la escritura. Ya en la imagen el poema se retira. La imagen permanece como resto del poema, o, literalmente, como imagen. Mirado luego desde la imagen que proyecta, el poema se ve como una construcción desde la imagen. De manera que resto, aquí, no sólo designa lo que quedó desechado, sobrado de un acontecimiento. Designa lo quedado luego del retiro, lo dejado, lo abandonado. Mirar desde lo abandonado, lo que abandonó, permite mirar de otra manera el proceso. Visión aquí no es vaticinio ni adivinación: es mirar lo quedado, el resto. Es un lugar de la belleza ya fuera de objeto, la belleza sin objeto, la belleza inútil para cualquier transacción, salvo para lo reconfortante: lo que devuelve la fuerza.
 

Comienzo de Visiones de cuatro poemas y el poema que no está,
Cuenca, Casa de la Cultura Núcleo del Azuay, 2013