Le sommeil, Claroscuro y Así nace el fascismo…, de Cristina Peri Rossi


 

Gustave Courbert, «Le Sommeil», 1866.


 
 
 
 
Le sommeil
 
 
Si el amor fuera una obra de arte
yaceríamos todavía desnudas y dormidas
la pierna sobre el muslo
la cabeza sobre el hombro —nido—
resplandecientes y sensuales
como en Le sommeil de Courbet
cuya belleza contemplamos extasiadas
una tarde, en Barcelona
(«Salimos de una cama para entrar en otra»,
dijiste).
 
No hubiéramos despertado nunca
ajenas al paso del tiempo
al transcurso de los días y de las noches
en un presente permanente
de tiempo paralizado
y espacio cristalizado.
 
Quise vivir en el cuadro
quise vivir en el arte
donde no hay fugacidad
ni tránsito.
 
Pero se trataba sólo del amor
no del cuadro de Courbet
de modo que despertamos
y era el ruido de la ciudad
y era el reclamo de la realidad
los crueles menesteres
—las pequeñeces de las que habló Darío—.
 
Se trataba sólo de amor
no del cuadro de Courbet
de modo que despertamos
y eran los teléfonos las facturas
los recibos de la luz la lista del mercado
especialmente era lo fútil,
lo frágil, transitorio,
lo banal, lo cotidiano
eran los miedos las enfermedades
las cuentas de los bancos
los aniversarios de los parientes.
 
Dejamos solas
abandonadas a las bellas durmientes
de Courbet
 
solas
abandonadas en el museo
en las reproducciones de los libros.
 
Se trataba sólo de amor
es decir, de lo efímero,
eso que el arte siempre excluye.
 

De Estrategias del deseo

 
 
 
 

Johannes Vermeer, «La encajera», 1670.


 
 
Claroscuro
 
 
La aplicación de las manos
de los dedos
la concentrada inclinación de la cabeza
el sometimiento
una tarea tan minuciosa
como obsesiva
el aprendizaje de la sumisión
y del silencio
madre, yo no quiero hacer encaje
no quiero los bolillos
no quiero la pesarosa saga
no quiero ser mujer.
 

De Las musas inquietantes

 
 
 
 

Balthus, «La lección de guitarra», 1934.


 
 
Así nace el fascismo…
 
 
En el campo de concentración
de la sala de música o ergástula
la fría, impasible Profesora de guitarra
(Ama rígida y altiva)
tensa en su falda el instrumento:
mesa los cabellos
alza la falda
dirige la quinta de su mano derecha
hacia el sexo insonoro y núbil
de la Alumna
abierta como la tapa de un piano.
Ejecuta la antigua partitura
sin pasión
sin piedad
con la fría precisión
de los roles patriarcales.
Así sueñan los hombres a las mujeres.
Así nace el fascismo.
 

De Las musas inquietantes