[La luz me horada], Mirando la foto de una mujer en un sillón y Ester, de Soledad Fariña


 

Fotografía de Soledad Fariña.


 
 
 
 
La luz oblicua me horada
azules y grises superpuesto me conforman
Estoy plena de quietud pero hablan
mis bordes en amarillo oscuro
 
tengo un pequeño caracol petrificado
en mi base
 
pero es mi luz la que habla
 

De En amarillo oscuro

 
 
 
 

Fotografía de Claudio Bertoni.


 
 
 
 
mirando la foto de una mujer
     en un sillón
 
 

apoya su mano larga
en el brazo del otro, hunde la
cara en la juntura, un
montecito es el hueso del
hombro, el huso de la espalda
es otro monte agudo como un
volcán del sur, no vemos la
curva del lago de la axila, tan
tensa está la piel; el pezón se
levanta como un caracolito de
mar arrancando del pecho, tan
flaco es; lo mejor de la luz cae
en el anca, en su suave
meseta, árida, eso sí: ni un
pasto, ni una hierba; luego la
piel resbala muslo abajo en
cascada; no hay oído ni oreja,
en su lugar, un pie, grande. La
alfombra que recibe la imagen
del sillón, de su piel —el tapiz—,
de la mujer, de su denuda y
esplendente piel, está
arrugada, opaca y la mirada
vuelve a caer en el anca, en la
planta del pie, en los dedos
que asoman como gajos
cortados; no hay deseo en ese
resplandor, sólo un afán
violento por abrir el misterio
de esa anca suave que deja a
oscuras los pliegues de la
alfombra, el raído sillón, los
contornos del párpado que
mira

De Donde comienza el aire

 
 
 
 

Paz Errázuriz, «Ester».


 
 
 
 
Ester
 
 
Me dice ese ojo
que trazas caminos en el agua
que hablas bajito el kwásqar
que recoges juncos, peces
Ester Edén,
que vas remando, lento.
 
Ese ojo te recogió así, con tu
cuello estirado, quizá qué ibas mirando,
oteando
hacia el Edén, el puerto
las manos juntas
acunando las ramas
leña sutil
fuego aromado
que ahumará las cholgas que a tus pies,
en el fondo del bote,
descansan húmedas
en sus conchas brillantes
 

De Donde comienza el aire