Afiches en remate I. Claes Oldenburg, Soft Typewriter, 1963; Vermeer, La lección de música, c. 1662-1664 y Territorio para un cuadro de Soutine, de Juan José Rodinás


 

Claes Oldenburg, «Soft Typewriter», 1963.


 
 
 
 
Afiches en remate I
Claes Oldenburg, Soft Typewriter, 1963
 
 
Si usted, amigo, usó una Olivetti gastada —tan agreste—,
quizá le sorprenda esta máquina suave.
Si la aprecia verá, de izquierda a derecha,
un espacio blando entre las teclas,
donde el artista es fuerte si lo real es débil.
Con la máquina podrá́ escribir —y no es broma—
poesía del silencio, pero en ribetes solitarios,
en una vida suya que, si no fuese por su resistencia,
sería digna de robar al lenguaje un estilo flexible
—incluso, y allí está su belleza— con tropiezos.
… pero sienta usted el tacto del poliéster:
procede en realidad de la forma que su mano adopte
cuando usted escriba —en ella— sus cantos retroactivos,
grandes odas que avancen de atrás hacia delante.
Eso: máquina que sueña la suavidad de la mano
cuando ejecuta su falsa narrativa:
una mañana tomando té mientras no llueve
y se oye el avión supersónico a cercana distancia.
 
 
 
 

Johannes Vermeer, «La lección de música», 1662-1664.


 
 
Vermeer, La lección de música, c. 1662-1664
 
 
Sobre el banco rojo, la pianista toca la luz y entra luz por la ventana,
reduciendo la música al calor del color, a la sombra escuchada. La
doncella es la arteria de un sol vegetal que sangra mechas rubias
sobre el lienzo. Muchacha, como un cardumen sobre los labios del
observador. Lejos, pero allí, alguien sueña el laúd en el piso tras el
banco donde la joven de trenzas, junto al ojo instructor, toca su
piano, una vez más, pero la misma. Música también del agua que se
lleva las nubes, donde la ventana se propaga hacia el cielo y un
mandil blanco se despliega en la brisa.
 
 
 
 

Chaim Soutine, «El joven carnicero», 1919.


 
 
Territorio para un cuadro de Soutine
 
 
I
 
¿Qué piensa el hombre
—sentado en el sillón—
cuyo rostro se alarga
y se diluye en el dibujo agreste
sobre un fondo tan rojo
como el color de lo real?
 
(Así medita el hombre
sobre el color tan real de lo real).
 
 
II
 
De nuestro pensamiento
lo ignoramos todo.
Del pensamiento de aquel hombre
—sentado en el sillón— sabemos
de otro mundo, quizá de una Lituania demasiado soñada, que sólo,
alejados del lienzo, es evidente.
 
 
III
 
Lituania:
un lugar del mundo donde todo
es de nieve. Un lugar simple
para que alguien juegue.
 

De 9 grados de turbulencia