Un conquistador anónimo recuerda su paso por las tierras nuevas, de Homero Aridjis


 
Dormí en lechos de piedra.
Tuve por cabecera una serpiente de piedra
en un cuarto de plumas.
Todos los muros reflejaban a la Muerte.
 
Mi techo fue un charco de lodo.
La tierra estuvo encima de mi cabeza
y mis piernas fueron el azul del cielo.
A la izquierda de mi sueño un colibrí salió volando.
 
Mi cuerpo se confundió con el de los dioses.
Tuve en mi frente un soplo de sangre,
en mis pies sandalias negras para atravesar el viento
y en la mano un agujero para observar al hombre.
 
Ebrio de ritos empuñé el cuchillo de obsidiana
y arranqué el corazón de un muerto divino.
Las llamas que saqué de su pecho
las portaron mensajeros veloces
hacia las cuatro direcciones del espacio apagado.
 
Oculto en la cara teñida de la diosa de la selva
vi el fulgor celeste (que todos buscamos en los libros)
en los ojos de un animal sin nombre:
cuya forma diurna nunca pude conocer,
ni su paso imaginar, ni su huella oír.
 
Un día, en la oscuridad de mí mismo,
con orejeras de oro y el rostro rayado,
llegué a un pueblo dormido
y el mar se levantó de mis ojos
con la sonrisa infinita de la luz.
 
Desde entonces,
mi vida es un relámpago
vestido de hombre,
o quizás de harapos,
o quizás de sombras.
 

De Imágenes para el fin del milenio
& Nueva expulsión del paraíso

(México D. F., Joaquín Mortiz, 1990)