Espresso, de Jesús Carmona-Robles


 
Estoy en una época de mi vida
en donde invierto muchas horas
viendo los discursos de aceptación
que dan los famosos cuando entran
al salón de la fama o reciben un premio.
Ahora que trabajo
tengo poco tiempo para hacer las cosas
que me hacían perder tiempo;
duermo cansado y a veces sueño:
anoche vestía frac y un moño verde
y mis palabras eran el preámbulo
para alguien más que subiría a ese lindo pódium
de ébano con detalles plateados:
creo que iba a ser Leonard Cohen,
o Lord Byron.
No me acuerdo.
Estoy en una época de mi vida
en donde pienso que toda la gente
está demasiado satisfecha de sí misma
como para escuchar la historia
de cuando me iba a casar y luego ya no
o de cuando escribí un poema
para una linda mujer española
que se tatuó algo que yo escribí
en sus brazos resecos
por una rara enfermedad.
He aprendido a que eso no me duela:
toda mi energía se redujo
a preparar un buen café.
Hace tres días lloré
porque no me salió un espresso
y la comprensiva mirada de mi nueva jefa
me recordó la comprensiva mirada
de mi madre
cuando le dije mamá no me voy a casar.
No no no no señor yo no me casaré.
Pero ella redujo su atención al dolor que nos conecta.
Es así como aprendemos a guardar silencio.
Estoy en una época de mi vida
en donde tener 23 años vale más que tener 18
donde tener 23 es más valioso que tener 50 y dirigir
una facultad de filosofía y letras y
mantener cierta congruencia ante las circunstancias.
La gente, en esta época de mi vida, no te escucha
porque se escucha mucho a sí misma;
cree que cumplir años es como subir de nivel
en el Final Fantasy.
La vida es una prueba de nervios:
si tiemblas se te cae la taza y quemas al señor triste
que llegó a tomarse un café pensando
en las cosas tristes de su vida,
no tienes derecho a lastimarlo así,
no seas un hijo de la chingada cabrón no tiembles,
algún día tendremos 50 años y seremos los responsables
de la facultad de filosofía y letras que todos tenemos en el corazón:
un edificio destrozado
por el huracán que se llamó como se llama tu exnovia favorita,
con la que casi te casas,
un lugar donde la gente lee poemas y traduce a Lord Byron:
temor y esperanza mueren
dolor y placer huyeron
ni me curan ni me hieren
no son, fueron

dice Byron en la facultad de filosofía y letras de nuestro espíritu
fumando algo en un jardín bautizado con el nombre
de otro triste viejo de 50 años.
El abuelo del abuelo de mi padre era un viejo euskera
que llegó a Chihuahua hace muchos años,
un buen espresso debe salir entre 21 y 30 segundos,
estas son las dos cosas más importantes que he aprendido
desde mi último día en la facultad de filosofía y letras:
espuma uniforme color caramelo
y una nada arbitraria mezcla
de amargo, ácido y dulce
debe cubrir tu lengua,
esa misma lengua que dice te amo
que insulta que recoge froot loops de la cuchara
que acaricia vorazmente un pezón color cereza,
que entrega premios a Leonard Cohen.
En esta época de mi vida estoy demasiado consciente
de que un buen poema debe durar en el aire
entre 60 y 250 segundos,
de lo contrario la gente empezará a temblar,
caerán sus teléfonos al alfombrado suelo
de la facultad de filosofía y letras
y en la resplandeciente pantalla estará una conversación
en donde alguien les pide ser fuertes
alguien les pide no hacerse daño
donde alguien les dice
no estoy enamorado de ti
estoy obsesionado contigo

en donde alguien les dice
euskaraz esan dezake zenbat maite zaitut
en donde alguien dice
subí de nivel
en el Final Fantasy.

Estoy en una época de mi vida
en donde tengo que preferir quedarme en el trabajo
que ir a darle un premio a Leonard Cohen.
Incluso en mis sueños cuento los segundos
en que el espresso sale de la lengua de la mujer que iba a ser mi esposa;
en un descontrolado arranque de ira lanzo una taza contra ese bello muro
de la facultad de filosofía y letras de mi cerebro
taza y muro y sueño se quiebran
justo en el momento en que abro los ojos
y una hermosa voz de acento extranjero
me dice prepara tu pasaporte y tus documentos de nacionalidad
y tus maletas y tu alegría
esa alegría que fue espesándose hasta ser algo amargo,
ácido
y dulce
al mismo tiempo.
Estoy en una época de mi vida
en donde por fin entiendo ese proverbio vasco que dice:
nada acaba del todo,
entonces puedo decir
—con esta hermosa y soberbia ingenuidad—
que lo entiendo todo.

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