Poema de la niña en rebajas, de Mercedes Castro


 
La niña suspendió,
la niña no vale nada.
 
La niña dejó al novio,
la niña, pobre, no tiene
quién la valga.
 
La niña tiene veinticinco años
y ya está acabada y sola.
 
Y qué va a ser de la niña
ahora.
 
Quién quiere una niña vieja:
la cambio por una lavadora.
 
Quién me quiere una niña rota.
No sabe querer.
No puede llorar.
Nunca la enseñaron a amar,
pero sí a sufrir.
Puede ser aún que aprenda.
 
Quién me compra a la niña,
quién se la lleva.
 
Es un regalo, es un tesoro,
sólo tres asignaturas más
y tiene la carrera hecha.
 
Es una ganga, una ocasión,
una inversión para el futuro.
 
Si la doy no es por mala,
es por no poder atenderla.
Una cuestión de paciencia, no de calidad.
 
Llévensela, señores,
ahora que están a tiempo,
que aún tiene restos de inocencia,
y dulzura en los ojos,
y allá abajo, adentro, en el fondo,
un algo de moral.
 
Llévensela mientras sea fértil,
llévensela mientras no amargue,
llévensela mientras pueda andar.
 
Sólo necesita un empujón,
una puesta a punto.
Pilas nuevas.
 
Que mi niña vale mucho.
Que mi niña sabe mucho.
Que tiene un corazón muy grande,
mi niña,
y un alma de oro
y una cabeza que no le cabe
en el pecho.
 
Aprovechen la oportunidad
antes de que se le acaben a ella.
 
Que se me va,
que vuela,
que me la quitan de las manos,
que me quedo sin ella.
 
Apúrense, señores,
aprovéchense mientras puedan.
 
Miren qué ganga, mi niña.
¡Si ni siquiera viste santos!
¡Si no tuvo más que un novio!
¡Apuntito como estaba de ser alguien en la vida!
 
¡Si es un partido!
 
Un poquito de amor, y ríe.
Una gota de fe, y aprueba.
Un mínimo de paciencia y se levanta.
Una nada de atención y florece,
y germina,
y fructifica y da cosecha.
¡Y sólo hay que regarla una vez a la semana!
 
A mí me dio muy buenos resultados,
pero me cansé de ella.
 
Vamos, vengan, corran,
al primero que me la pida
se la concedo.
 
Apúrense que se acaba,
cuídenmela, líbrenme de su peso,
quiéranmela, enséñenle a dar besos.
Aprenderá.
 
Vale mucho mi niña,
con sus poemas y sus libros
y su melancolía y su deseo.
Y sus suspensos.
 
Lástima que no se haga de querer sola.
En el fondo es un problema de marketing.
 
Que no la rebajo,
que no regateo,
que la doy por lo que es,
que se escapa en un momento.
 
Llévense a mi niña azul,
señores,
antes de que se me vista
de negro.