Quimera, de Pura López-Colomé


 

En una soledad propia del mar,
a honduras de la vanidad humana
y del orgullo de la vida.

 
Thomas Hardy, Versos a la pérdida del Titanic

 
Un milisegundo, un segundo dividido,
entre si y ci, qui,
partido, quebrado:
 
En la cima,
 
en la parte superior de una montaña
o de cosas semejantes, la cresta de las olas,
por ejemplo, o bien «inflorescencia
con un eje principal
terminado en una flor y ramificaciones laterales
con sus flores respectivas».
 
En la sima,
 
cavidad o grieta muy profunda en el terreno,
abismo, precipicio, despeñadero.
 
En el firmamento,
 
cielo, bóveda celeste, capa del cielo,
esfera, espacio que se ve por encima
de nuestras cabezas, donde están los astros.
Que recibe este nombre particularmente
cuando se le considera por la noche.
 
En el fundamento,
en el cimiento,

parte más baja que el suelo
que le otorga solidez. Terreno
sobre el que descansa un edificio.
Apoyo sobre el que se sostiene
algo no material.

En sentido figurado, desde el principio mismo.
 
Entre uno y otro:
 
 
1
 
Érase una conjunción de astros
que en épocas lejanas propiciaría
la inmovilidad de las personas.
Ahí,
un número bien definido de gente joven
acompañado de algunos que habían vivido más
tuvo a bien sumergirse
hasta el fondo mismo de los mares
y quedar inmerso en su labor.
Un azar dio fin a la tarea.
Largos, larguísimos instantes
previos
a la extinción del fuego.
La punta afilada de la miseria,
de las imágenes coloridas alojadas
entre cerebro, cerebelo y bulbo,
sobre todo las que hablaban
de una probable inmunidad:
asuntos pendientes a futuro.
Unos ojitos expresivos. Un día de campo.
Alguien toca un instrumento antiguo, poderoso,
se alarga por inmensidades esteparias
y se desliza de regreso a un corazón cosaco.
Vértigo: casa, techo de dos aguas, cal y canto,
bosque de abedules,
festejo, escuela, progenie, abrazos, faldas al vuelo,
aquella escoba en la covacha.
A velocidad humana,
a toda velocidad.
El último acorde,
el primer acontecimiento.
Y para los demás,
apenas un cortometraje:
un recipiente metálico enorme
lleno de cuerpos bellos, inflados, níveos,
casi transparentes. Casi,
por tratarse de aguas muy profundas.
Merecían un tiempo pretérito
a fondo,
un tránsito distinto
hacia el indicativo:
merecen olvidar.
 
                         «No en parte alguna puede estar la casa
                         del inventor de sí mismo…
                         Nos enloquece el Dador de la Vida,
                         nos embriaga aquí…
                         Allá donde no hay muerte,
                         allá donde ella es conquistada,
                         que allá vaya yo.
                         Si yo nunca muriera,
                         si yo nunca desapareciera…».*
 
Redacta una nota el capitán,
desde otro nivel, más alto,
cual corresponde
a su rango y distinción:
Escribo a ciegas
y dejo en tinta
la indelibilidad
de una existencia.
No pido redención,
algún Mesías.
Sólo ligereza,
el silbido veloz del hielo,
verde esmeralda,
azul índigo glaciar.
Surge ingrávida
la locución
 
héroe
 
ida ya de su acento y su diptongo
la emoción del pensamiento
de quienes por ventura
escucharon
algún vibrato natural
en alabanza a lo intangible.
Arden en esta lámpara de aceite
los carbones encendidos
del paisajista:
«Into my heart
an air that kills…».

Se ha hecho el vacío.
 
 
2
 
Ave lisa de metal,
promesa.
Alzar el vuelo no significa nada.
Elevar un artefacto sin batir de alas.
Lanzarse a los cuatro vientos
una vez conquistado el sol,
disfrutado el banquete de la creación.
Y de un plumazo
el fuego,
la chispa
que anuncia:
vigilia eterna.
Ni siquiera hubo cadáveres,
cuerpos que engalanar
con mortaja a la medida
o nobleza de agua que infla y conserva.
Sólo briznas encendidas en los ojos
de quienes seguían sucediendo abajo,
inframundo
donde se registra y se recuerda,
se celebran fiestas de guardar
y se da a esta fecha un imprimatur.
 
                         «Como una pintura
                         nos iremos borrando,
                         como una flor
                         hemos de secarnos
                         sobre la tierra,
                         cual ropaje de plumas
                         del quetzal, del zacuán,
                         del azulejo, iremos pereciendo.
                         Iremos a su casa».*
 
A quien robó el preciado bien,
el altísimo,
para tornar menos nauseabunda la existencia
y hacerla recobrar la ductilidad de los principios,
se le ató primero, se le encadenó después,
se le asió, diríase para suavizarlo,
a la escarpadura mayor de la montaña,
donde más cerca se está del infinito,
donde se puede hablar contigo.
Donde el relámpago se estrella.
Donde se atrapa para siempre
con red de mariposas
la escala humana.
Donde el inefable lo clavó
sin cruz
al secreto.
Una parvada de grajos se levanta,
un velo de viuda,
como si nada.
Nada toda anterior felicidad,
ciudadelas del acaso, del quizá, del tal vez,
el según, el a la mano, a la vuelta de la esquina.
Asequible sólo
un mínimo destello,
diamante
principio y fin
de las pupilas.
Inflorescencia.
 

A los viajeros ataviados del Concorde
A los viajeros uniformados del Kursk
en pleno verano milenarista

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* Rey poeta Nezahualcóyotl.