Para que yo me llame PoeMad, por Beatriz Rodríguez


 
Para que yo me llame PoeMad tengo que instalarme en una de las confortables habitaciones de su Hotel Vivir, abrir la puerta y diluirme en la imagen del poeta para llegar a la palabra donde me reconozco y donde también encuentro la mirada del otro: la mirada en un poema de Franco Buffoni, la mirada en el swing de Mariano Díaz.
 
     Para que yo me llame PoeMad tengo que saber decir: pasarás de moda, pero el silencio siempre engendrará nuevas palabras. Tengo que saber decir «son altos los muros del agua que nos separan», pero el agua, como la poesía es materia que existe para transformarnos.
 
     Para que yo me llame PoeMad tango que abrir esa puerta hacia los amores imposibles, mientras que ese «Todo tuyo siempre todavía» de Jaramillo dialoga con Óscar Hahn, que nos zarandea en la vacuidad del espacio para afirmar, definitivamente, que «Ningún lugar está aquí».
 
     Para que yo me llame PoeMad tengo que decir México, un hermano, un maestro de los límites estéticos y vitales que se multiplica en las voces consagradas de Elsa Cross, Pura López-Colomé y Homero Aridjis.
 
     Vuelvo entonces las alas de esta canción amiga y reconozco, como si fuera nueva, la voz de Miguel Hernández y Federico García Lorca en el tono desgarrado de Carmen Linares.
 
     Para que yo me llame PoeMad, fue necesaria una ciudad iluminada, que dijera mi nombre en calles y plazas, pero que dijera también una palabra concreta, la palabra «gracias». Gracias a Conde Duque, Aquae, Mapfre, Ámbito Cultural, Fundación Loewe, Hotel de las Letras, Centro de Estudios Mexicanos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Instituto Cultural de México en España, Instituto Caro y Cuervo e Instituto Italiano di Cultura de Madrid.