Carta 6, de Javier Alvarado


Marina:
 
¿Por qué usaste la misma soga cuando jugábamos de niñas?
Tú saltabas con esa elegancia de los ciervos cuando huyen
con el fruto en la boca, yo lo hacía como un reno
tratando de liberar sus cuernos del arbusto encendido.
Jugábamos de niñas y escribíamos los versos
más hermosos de este bosque,
los enterrábamos
y solían tener memoria de arce, solían agitar sus ramas
como el abedul de la siembra colectiva.
¿Por qué usaste la soga con la cual colgamos la ropa de nuestras muñecas
y luego libertábamos al sol nuestras endechas
esas ganas de tomar la vida y bordar una palabra
o engancharla al cabello como si fuese una maroma
o una mariposa a punto de volver a la crisálida
y hacerse prosista de versos o hacedora de ríos
para hondear la tierra? Escribimos algunas veces los mismos versos
tuvimos las mismas vidas y los mismos juguetes
un hambre igual para nuestros platos y cucharas
trabajos forzados y encarcelaciones para maridos e hijos
y hermanos que se perdieron como un silbato en la nieve.
Es la hora de aprender estos juegos. Se aprenden nuevos gestos
y nos reparamos de la resaca del tiempo,
de la resaca de los primeros y novísimos licores
que se nos revelan en la lengua.
Un vapor agrio que va despertando a las piedras
y a las rayuelas extintas,
la mano impúber va resolviendo las líneas con la tiza,
los números ensartados a tu cuello como cuentas,
como augures de vidrio
o cuerpos que acuden al homicidio de la piel
a la permanencia del saludo a la hora de surgir
entre los copos de hierro
o cuando vengas a buscarme con una marcha triunfal
oxidada en los ojos
extraviada en sus averías
en sus tuercas sangrantes
en sus tornillos fálicos por la carne resituada.
 
Insiste que hay una fogata en el rastro
una fata morgana incrustada en la tierra.
Una misericordia azul en los días
que se destiñen entre afelpadas colmenas.
 
¿Por qué usaste la misma soga que usábamos de niñas?
¿Por qué nunca fuiste mi verdadera compañera de juegos?
Ahora eres mi amiguita, mi amiguita imaginaria
y detrás de ti la soguita sigue blandiendo mis piernas
sigue blandiendo mi cuello.
 
La amiguita imaginaria es la muerte.
 

De Cartas arrojadas al Neva

 
 
 
 
Nota: Javier Alvarado obtuvo en 2015, con su poemario inédito Cartas arrojadas al Neva, el Premio de Nacional de Literatura Ricardo Miró (Panamá), otorgado por el Instituto Nacional de Cultura de Panamá.
 
 
 
 

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