Irene la Sen, por Isabel García Mellado



“Los zapatos de baile resuenan en un suelo inundado de cuentas de rosario”

Ella es alta, y flaca, como un junco, y tiene un ritmo innato que Xarro dice que sabe manejar como un experto, pero sin saber que lo hace. También es elegante, pero elegante de verdad, con esa elegancia que no se trabaja por tener, sino que está ahí, te pongas como te pongas, porque vive en los gestos y en la forma de reírse y de mirar. Así que no es de extrañar que los textos de Irene tengan un estilo muy particular, gestados en esa forma de ver tan suya. Leyendo sus poemas se me llena la cabeza de acero, una pared blanca con restos del tiempo, silencio, una montaña muy negra con un corazón muy rojo dentro que late como un tambor, azulejos que tapizan los rincones más bellos de las ciudades, los que no vienen en los libros de turismo, los que cuesta encontrar y merecen la pena. Y es verdad que después de leerla se te queda como un regusto de cal en la lengua, que tarda en irse. Además es arquitecta y se nota, porque te muestra la estructura de la ciudad, puedes olerla, y notar el frío cuando amanece, y ver sus calles, sus refugios, sus miserias, las habitaciones que ocurren a cámara lenta mientras fuera las gaviotas o los volcanes o una mujer vomitando agarrada a una botella. “no da igual” eso es lo que parece gritarnos: “haz el favor de mirar bien, porque no da igual, las cosas son, y hay que mirarlas”. También te quedas como limpia, como recién duchada pero por dentro, después de leerla, porque dices “es verdad” y puedes darte cuenta de que eres libre para ver todo eso que ella ve. Entonces sonríes, por lo menos yo sonrío. No sé si sería esa su intención, aunque sospecho que tampoco es que tuviera muchas intenciones con respecto a mi o a los lectores: creo que dice lo que dice simplemente porque le parece importante decirlo, porque tiene ese derecho y ese deber consigo misma. Y me la imagino allí, en una calle azul con una luna enorme, parada, con el aire bailándole el pelo, y también sonrío, pero creo que esta vez es más complicidad. Otra cosa es oírla. Cuando recita las palabras se vuelven cada una de un color determinado y la música de Xarro de las Calaveras es la balsa perfecta en la que navegar por las cabezas y a través de los cuerpos de quienes escuchamos. Entonces es como si el poema cobrara vida y se acercara a ti y te agarrara de las dos manos y te hiciera bailar hasta entender que hay más formas de mirar, que observes la ciudad con detenimiento porque en cada milímetro hay una escala y en cada paisaje una bocina y en cada persona una ciudad y en cada mujer una isla desierta y en cada cigarro un desierto o una ventana y en cada gota de lluvia tú…

 

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